No puedo dejar que se acabe el verano sin rememorar aquellos maravillosos días que pasábamos en la playa con nuestros padres. ¡Que alegría cuando nos decían que nos íbamos a la playa!

Lo fácil que nos entreteníamos allí, solo necesitábamos un cubo, una pala y un rastillo para pasar horas y horas. Además, ¡jugábamos con mamá y papá!

Recuerdo lo mucho que me divertía cavando un agujero grande en la arena hasta que encontraba agua y hacía una piscina en la orilla. Porque sí, iba a la playa y ¡me bañaba en mi propia piscina!

Otra cosa que nunca faltaba eran los míticos castillos de arena, con sus torres, su foso, su muralla… Pero, ¡ojo!, no era tan fácil, que si la arena estaba demasiado mojada o demasiado seca no salía bien.

Por supuesto, era imprescindible enterrar a alguien en la arena, daba igual que nos enterrasen a nosotros, a algún amigo o a papá; ¡era siempre divertido!

Pero no todo era jugar en la arena, bañarse también era genial, y teníamos un flotador para no correr riesgos. ¿Quién no recuerda los de patito? Después crecimos y nos despedimos del flotador, pasamos a jugar con nuestros amigos o hermanos para ver quien aguantaba más debajo del agua, haciendo el muerto o imitando otra de las series que nos marcó: Los vigilantes de la playa.

Y después de tanto jugar había que comer algo, para eso nuestras madres nos llevaban la merienda. Así que nos comíamos nuestro bocadillo de Nocilla, ¡con arena!